Gonzalo Gamio Gehri
Los más importantes líderes
políticos peruanos están bajo sospecha de corrupción. Alguien podría decir que
dicha sospecha ha permanecido omnipresente en la escena política peruana – a
causa de la convicción popular de que quienes detentan el poder suelen recurrir
a los bienes públicos para satisfacer sus intereses privados -, pero en este
momento la mayoría de los potenciales candidatos a las próximas elecciones
presidenciales están siendo investigados en virtud de situaciones que
comprometen seriamente su imagen pública. Sobre cada uno de ellos pende una
pesada y letal espada de Damocles, sostenida débilmente – como en el conocido
mito griego - por el hilo de la crin de un caballo.
Alejandro Toledo no puede explicar
convincentemente las compras inmobiliarias de su suegra, ni su próspero estado
financiero, y cuando pretende hacerlo, queda sumido en un abismo de confusión y
contradicciones. Es realmente una verguenza que el oficialismo pretenda protegerlo. Quienes lo apoyaban, pensando en que se trataba del candidato
más próximo al programa de la transición paniagüista, difícilmente volverán a
votar por él. Su imagen de demócrata y celoso combatiente contra la corrupción
se va haciendo añicos.
Alan García nunca ha gozado de un
poderoso prestigio en materia de respeto a los principios de la ética pública. Los
temas de corrupción y violencia son su talón de Aquiles. Esa debilidad pesa
sobre su imagen, a pesar de sus habilidades para la estrategia política. Ahora
se evidencia que durante su gobierno se esforzó por indultar a una parte
importante de la población carcelaria del Perú. Lamentablemente, en nuestro
medio el indulto es una gracia que depende prácticamente de la exclusiva
voluntad del Presidente de la República.
Esto podría quedar en el terreno de la sospecha y el la acusación
de negligencia y abuso en el ejercicio de una potestad casi monárquica si no
fuera porque las instancias judiciales
ya han registrado testimonios e indicios que señalan que reos (entre los que se
cuentan peligrosos narcotraficantes que actuaban en bandas) habrían pagado
altas sumas de dinero a cambio de ser indultados o ver conmutadas sus penas. Ya
ha perdido su libertad Miguel Facundo y el mismo destino podría alcanzar al propio ex
ministro Pastor. Y las investigaciones podrían involucrar al propio ex
Presidente García.
Los fujimoristas - por su parte - suelen asumir
una actitud bastante cínica frente a los temas de corrupción, luego del
hallazgo de los vladivídeos y el hecho que Fujimori se allanara respecto de los cargos
de corrupción en su contra. Ahora parecen estar más que dispuestos a señalar la paja en ojo
ajeno. No obstante, la propia Keiko Fujimori está siendo investigada en torno al origen de sus ingresos, la propiedad de la casa en la que vive, etc. Ya en el pasado habín surgido dudas
acerca de los fondos que pagaron sus estudios universitarios y los de sus
hermanos. Ella ha declarado – con un inexplicable tono de orgullo, hay que
decirlo – que las contribuciones de su partido sostienen su estilo de vida, y que ella no trabaja. Quizá éstas sean las ventajas de estar al frente de una franquicia
familiar con alcances políticos. En un escenario político profundamente personalista
y autoritario, el líder suele acumular grandes privilegios y contar con la sumisión de sus adeptos.
El caso es que los más
importantes líderes políticos están siendo duramente cuestionados por asuntos
de ética pública y probidad personal. La sombra que se cierne sobre ellos es ciertamente densa: no se trata del “dilema de las manos sucias” de Michael Walzer, aquí no
estamos ante un conflicto moral en que el político debe optar entre respetar un
principio ético o sacrificarlo en nombre de una meta política importante en el
contexto de una situación extrema; aquí hablamos de la simple y contundente sospecha de
enriquecimiento ilícito, desbalance patrimonial, soborno, aprovechamiento
delictivo del aparato del Estado y fechorías de este estilo.
Estos líderes políticos tienen mucho que aclarar, es más que evidente, pero la pregunta es qué vamos a hacer los ciudadanos. Es cierto que la cultura de la trasgresión y de la impunidad está arraigada en la sociedad, y que somos nosotros los que solemos votar por estos personajes. Urge una reforma de nuestras prácticas y concepciones de la vida. Urge una transformación profunda de lo que significa la acción política entre nosotros, un desafío que involucra a la ciudadanía entera, pues la "política" no es solamente lo que los "políticos" hacen o dicen que hacen. Los partidos políticos están capturados por el caudillismo a tal punto que no parece razonable esperar que esta sea percibida como una buena ocasión para renovar los liderazgos y renovar la política de una vez. Lamentablemente el escenario político partidario no muestra ninguna dimensión democrática que favorezca el surgimiento de nuevas generaciones de militantes con proyección hacia un puesto en el Congreso o acaso hacia alguna candidatura municipal o presidencial. Debemos reflexionar sobre nuestra posición frente a esta crítica circunstancia.
Esta crisis nos interpela como agentes. Necesitamos una ciudadanía vigilante, dispuesta a pedirle cuentas a sus representantes y a señalar allí donde las autoridades exceden las potestades que implica el ejercicio de la función pública. Ciudadanos que no olviden con facilidad las irregularidades en la conducta pública de los candidatos. Ciudadanos dispuestos a actuar como aujetos políticos, que no dejen la cosa pública solamente en manos de los políticos y de las autoridades elegidas. Necesitamos desarrollar coraje cívico y lucidez política. De otro modo, la política local seguirá brindándonos el patético drama del que hoy somos silenciosos testigos.
Estos líderes políticos tienen mucho que aclarar, es más que evidente, pero la pregunta es qué vamos a hacer los ciudadanos. Es cierto que la cultura de la trasgresión y de la impunidad está arraigada en la sociedad, y que somos nosotros los que solemos votar por estos personajes. Urge una reforma de nuestras prácticas y concepciones de la vida. Urge una transformación profunda de lo que significa la acción política entre nosotros, un desafío que involucra a la ciudadanía entera, pues la "política" no es solamente lo que los "políticos" hacen o dicen que hacen. Los partidos políticos están capturados por el caudillismo a tal punto que no parece razonable esperar que esta sea percibida como una buena ocasión para renovar los liderazgos y renovar la política de una vez. Lamentablemente el escenario político partidario no muestra ninguna dimensión democrática que favorezca el surgimiento de nuevas generaciones de militantes con proyección hacia un puesto en el Congreso o acaso hacia alguna candidatura municipal o presidencial. Debemos reflexionar sobre nuestra posición frente a esta crítica circunstancia.
Esta crisis nos interpela como agentes. Necesitamos una ciudadanía vigilante, dispuesta a pedirle cuentas a sus representantes y a señalar allí donde las autoridades exceden las potestades que implica el ejercicio de la función pública. Ciudadanos que no olviden con facilidad las irregularidades en la conducta pública de los candidatos. Ciudadanos dispuestos a actuar como aujetos políticos, que no dejen la cosa pública solamente en manos de los políticos y de las autoridades elegidas. Necesitamos desarrollar coraje cívico y lucidez política. De otro modo, la política local seguirá brindándonos el patético drama del que hoy somos silenciosos testigos.
Excelente artículo. Parece que el panorama político peruano se pone sombrío para muchos partidos
ResponderEliminarLos políticos son meros productos de la sociedad. No nos podemos asombrar de tener políticos corruptos cuando el común de los ciudadanos se salta la ley o le da 10 soles a un policía para evitar una multo. Conozco gente que en las bodas le suelta 20 soles al camarero para ser atendidito de una forma especial con lo que demuestra que si en cosas tan triviales se corrompe que no se puede hacer en otras decisiones más importantes. A los niños se les enseña que ser “criollo” es bueno y que ser respetuoso es de “mongos”. Después de todo esto nos echamos las manos a la cabeza porque los políticos son corruptos. Creo que o cambiamos como personas o para tener mejores políticos nos los tenemos que traer de marte.
ResponderEliminarAnónimo;
ResponderEliminarRl tuyo es un comentario muy agudo, Lo que dices es absolutamente cierto. Las costumbres y las formas en las que suelen educarnos promueven ese aspecto "criollo". Debemos criticar y transformar nuestras prácticas y mentalidades. Sin embargo, también contamos con ciudadanos de buena voluntad y espíritus l{ucidos. El ciudadano común tiene que intervenir en la política.
Un abrazo,
Gonzalo.